
Con su zapato verde centelleante,
El tranco presuroso y muy robusto,
El señor Primavera, caminante,
Llegó por la vereda de los justos.
Apareció sonriente y rutilante,
Con los brazos abiertos a los cielos,
Disolviendo los hielos y al instante,
Se fundieron en mí los desconsuelos.
Acepté en mi pecho al caminante,
Abrí toda puerta al bienvenido,
Y apagué en mi voz todo sonido.
Entregué mi jardín al dios amante,
Donde flores silvestres han crecido,
Hoy los pájaros cantan en sus nidos.
El tranco presuroso y muy robusto,
El señor Primavera, caminante,
Llegó por la vereda de los justos.
Apareció sonriente y rutilante,
Con los brazos abiertos a los cielos,
Disolviendo los hielos y al instante,
Se fundieron en mí los desconsuelos.
Acepté en mi pecho al caminante,
Abrí toda puerta al bienvenido,
Y apagué en mi voz todo sonido.
Entregué mi jardín al dios amante,
Donde flores silvestres han crecido,
Hoy los pájaros cantan en sus nidos.